Dicen que hay un momento en la vida de cualquiera en el que debes enfrentarte a tus peores miedos.

Salía del metro tranquilamente, pensando en quitarme los zapatos, hacer la cena, etc…cuando tuve que enfrentarme con mi peor pesadilla.

La calle estaba llena de MIMOS.
Y no mimos semifijos, de esos que están subidos a una caja. Los mimos estaban ABORDANDO A LA GENTE. Dos de ellos estaban estrategicamente situados a ambos lados del paso de cebra y los otros dos emboscando a los que intentaban escapar calle abajo.

Odio a los mimos. Son peores que los payasos, los magos y los actores de teatro juntos. Dan ganas de arrancarles la lengua, a ver si después son igual de expresivos. Deberían pedir dinero por quedarse quietos, no por moverse, sacarían mucho mas.

Me molestaba mucho dar la vuelta a la plaza para no cruzármelos y desde luego no quería hablar con ellos. Lo primero que pensé fue en tirarles una moneda de euro, pero parecía que no querían dinero, solo evocar la magia del espectáculo o alguna monstruosidad por el estilo.

Mientras maldecía la sombra del teatro de Lina Morgan ví como una señora a mi derecha era la primera en caer en sus garras enguantadas. Conseguí cruzar el paso de cebra y uno de ellos se desplazó de un salto hasta el tipo de la bolsa de naranjas, sonriendo y agitando las manos. Ya estaba pensando en empezar a gritar VADE RETRO SATANÁS y salir a la carrera cuando una pareja de guiris cruzó desde el otro lado de la calle. El último mimo se dio la vuelta. Y supe que era libre.